«¿Que tengo qué? ¿EPOC?»

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Hay una realidad a la que no podemos dar la espalda: los médicos somos difíciles de entender, y no me refiero solo al tema de la letra. Hay una historia muy buena sobre esto que pasó en el pueblo de mi padre. Una vez llegó una señora a hablar con el médico del pueblo y le dijo:

—Don Eustaquio (no se llamaba así en realidad, es un nombre ficticio para preservar su identidad, como en las películas de Antena 3), que dice el farmacéutico que le explique usted qué pone en esta receta, que no lo entiende.

Y don Eustaquio miró el papel como si fuera «El Manifiesto Comunista» en su versión original y dijo (gran frase para los anales de la Historia):

—Pues hija, dime qué te pasa a ver si me hago una idea, ¡porque yo tampoco lo entiendo!

Cosas de la vida. Gracias a Dios y a la informática muchos de estos problemas han desaparecido, y los errores en la toma de medicación por la mala letra de los médicos (que según los Colegios de Farmacéuticos alcanzaban cifras temiblemente altas) son algo del pasado gracias a la receta electrónica.

Ahora ya solo nos queda el segundo problema: hacernos entender verbalmente. Hoy en día es reconocido por todos que entre los derechos del paciente se encuentra el entender su enfermedad y saber cómo tratarla, ser cómplice de la solución o al menos del alivio, y poner todo de su parte igual que el médico pone de la suya. Pero claro, ¿cómo le cuentas a alguien que padece una glomeruloesclerosis diabética de Kimmelstiel–Wilson, una macroglobulinemia de Waldenström o una arteritis de Takayasu (que suena a deconstrucción de salmón en un restaurante con un par de estrellas Michelin: «Yo quiero un carpaccio al Takayasu sobre una base de boletus»)? Pues no es fácil. Esta es otra dificultad que también se ha paliado con la aplicación de la informática: en Galicia, donde vivo y de donde mejor puedo hablar con conocimiento de causa, el historial de un paciente está accesible desde un servidor común para todos los Centros de Salud y hospitales de la Comunidad, por lo que cualquier médico puede acceder a la misma información y aportar a ella lo que considere oportuno. Nunca valoraremos en su justa medida lo valioso que es esto y cómo ha cambiado nuestra manera de trabajar. Ya no hay «papelitos mágicos» a rellenar por triplicado ni hojitas de colores (una para el paciente, otra para que entregue y otra que te quedabas tú). Ya no hay secretos entre médico y paciente, pues los diagnósticos, por conflictivos que sean, aparecen bien claros en la pantalla, y eso garantiza que cada profesional pueda valorar el caso que se le presenta con toda la información necesaria, guardando después la confidencialidad a la que está obligado. Además se facilita la continuidad en los cuidados, ya que el médico de la consulta de Atención Primaria puede leer directamente lo que escribieron sus compañeros de las Consultas Externas, de las Urgencias Hospitalarias o del PAC, evitando pérdida de datos o tergiversación (recordemos que el paciente no está obligado a saber de Medicina ni a poder reproducir esas palabras tan raras, e incluso ni siquiera está obligado a saber lo que tiene, y en cualquier momento puede negarse a que le cuenten nada). Por tanto, la informática ha cambiado el modo de afrontar la enfermedad, de hablar sobre ella y de comunicarse. Los pacientes consultan a Google antes que a su médico, los informes sobre estudios científicos llegan a nuestro correo electrónico meses antes de imprimirse en papel, e incluso hubo un tiempo en que se habló de hacer visitas domiciliarias con una tablet dotada de conexión directa con el servidor central, para poder escribir en ella y que quedara guardado (uno de tantos proyectos que la crisis barrió).

Sin embargo hay cosas que siguen siendo las mismas: el amor, el odio, la venganza, el sushi y el desconocimiento general sobre la EPOC. «¿La qué?». La EPOC. ¿Cuánta gente sabe de verdad lo que es la EPOC fuera del ámbito sanitario? Tan solo los que la han sufrido de cerca, bien en ellos mismos o en un familiar muy próximo, un padre fumador, un hermano de edad avanzada… La EPOC sigue siendo la gran desconocida entre las enfermedades crónicas, y eso teniendo en cuenta su elevada frecuencia en la sociedad —a diferencia de Waldenström o Takayasu—, el deterioro que produce a largo plazo y las muertes que causa, constituye el signo inequívoco del fracaso en la labor de todos los profesionales sanitarios. Si preguntamos en la calle, cualquiera sabe lo que es un infarto y cómo evitarlo (dejaremos para otro día esos anuncios que dicen que una cifra de colesterol total de 207 es algo peligrosísimo a los 32 años y que hay que hacer algo para evitarlo… ¿comer yogures?… claro, claro…), entienden de osteoporosis y de alimentos enriquecidos con calcio o soja, y hasta se habla en la calle de cuestiones hasta ahora menos famosas como la enfermedad celíaca, el fósforo o la vitamina D. ¡Y seguimos sin saber lo que es la EPOC!!! De acuerdo que la mayoría de esos temas han sido popularizados por grandes empresas a las que interesa que veas con buenos ojos los aditivos que hay en sus alimentos (leche con soja, mantequilla con soja, soja con soja…), mientras que en el tema de la EPOC, las grandes empresas que hay buscan precisamente lo contrario: que sigas fumando. ¡Ah, qué habrá sido de aquellas campañas de publicidad con un vaquero fumando un cigarrillo, solo en un ambiente salvaje! Pues resulta que tuvieron que retirarlas cuando varios de aquellos actores que interpretaban al vaquero murieron de cáncer de pulmón.

Cosas de la vida.

Pero vayamos al tema en cuestión, que yo me voy enseguida por las ramas: la EPOC es la Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica, un trastorno que consiste en la inflamación crónica de los bronquios que termina volviéndose irreversible, creando fibrosis y pérdida de la función pulmonar. Es decir, cuando el bronquio sufre un daño repetido y constante durante muchos años, casi siempre por el humo del tabaco —se calcula que más del 90 % de los casos de EPOC son por tabaco—, esa lesión termina por ser incurable y el pulmón deja de poder respirar como debe. La capacidad para coger y soltar aire disminuye, sobre todo al principio de la enfermedad, que es cuando avanza más deprisa, y los bronquios se vuelven rígidos y su interior se llena de moco que obstruye la respiración. Esto lleva a que el paciente cada vez viva peor, su capacidad para caminar sin ahogarse disminuye muy deprisa, sus músculos se debilitan y entra en una espiral de empeoramiento progresivo de la que no es capaz de salir. Esto sin perjuicio de que el mismo tabaco le provoque un cáncer en cualquier localización —sus componentes aumentan el riesgo de cáncer en cualquier órgano o sistema por el que pasan: el labio en el que se apoya, la boca, la faringe, el pulmón e incluso el riñón por el que sale—.

Pero hoy estamos hablando de EPOC, así que intentaré no divagar, aunque me cueste.

El tratamiento de esta enfermedad es muy variado, con un enorme arsenal de inhaladores para conseguir que esos bronquios se abran de nuevo y el aire entre, pero una cosa que ha sido demostrada sin lugar a dudas (ahora que no me oye nadie) es que ningún fármaco del mercado es ni por asomo tan efectivo como dejar de fumar. La medida de salud más rentable y más juiciosa es dejar de fumar, por completo, hoy mejor que mañana. Los beneficios se obtienen desde el primer día, y los riesgos que se evitan —no solo de padecer una enfermedad respiratoria, sino también cardiovascular— son inmensos.

Y claro, seguro que alguien vendrá diciendo: «Bueno, no será para tanto, que mi padre fumó durante toda su vida y no le pasó nunca nada». Posiblemente. La Medicina no es una ciencia exacta, las personas no siempre tienen esquinas que suman 180º como los triángulos, a veces suman más de eso, a veces suman menos y a veces directamente no les da la gana sumar nada y ya está. La Medicina no trabaja con certezas, sino con probabilidades e incertidumbres. No todos los fumadores desarrollan una EPOC, se calcula que es solo el 25 %, y no está muy claro por qué unos sí y otros no, por mucho que se ha investigado al respecto. Sabemos que el riesgo de que aparezca es mayor cuanto más tiempo se pase fumando, igual que el pronóstico una vez diagnosticada también se ensombrece mucho si el consumo de tabaco se mantiene, así que ten cabeza y déjalo hoy mismo, no esperes a mañana, no esperes a un solo cigarrillo más.

La EPOC es una grandísima preocupación para las políticas sanitarias en este país, que han buscado formar a los profesionales sanitarios y dotarlos de medios para que el diagnóstico se realice lo más pronto posible, han llevado a cabo numerosas campañas contra el tabaquismo, han prohibido su consumo en lugares públicos y han evitado que los niños estén expuestos. Y sin embargo aún poca gente sabe lo que es la EPOC. ¿Cómo vamos a alertar de una enfermedad que nadie percibe como una amenaza, porque ni siquiera sabe que existe?

Es el mismo problema con el que empecé este artículo: los médicos somos difíciles de entender. Los nombres son incomprensibles, la información que se da suele ser parcial y excesivamente técnica, y el resultado con frecuencia es patético. Normal. ¿Qué pasaría si yo me pusiera aquí a hablar de la presencia de eosinofilia en esputo, del consumo de oxígeno en el test de Borg, de la utilidad del índice BODEx frente al ADO, o de la importancia de la maniobra de Heimlich? Pues que los sanitarios que leyeran esto se darían cuenta de que Heimlich no pinta nada en un texto sobre EPOC, pero el resto no habría llegado a leer tanto, directamente habría dejado de leer en el segundo párrafo de este larguísimo texto.

Así pues, ¿qué hacemos para llegar a la gente? ¿Cómo publicitamos una enfermedad que nadie entiende?

Una propuesta de la que ya había oído hablar antes, y que no me parece mala, es volver a llamarla «bronquitis crónica», al menos para hablar de ella en el ámbito general. Es una buena denominación, muy visual y comprensible, fácil de recordar, y ningún profesional sanitario dudará de que se refiere a la EPOC. ¿Qué os parece? ¿Creéis —sanitarios, pacientes y personas varias— que es algo viable, que se puede recomendar de forma poblacional?

Ahí lo dejo. Una propuesta de futuro, de la que podríamos debatir.

O no.

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